Lo que sí les diste este verano (aunque no hubo viaje) | Sofía Sánchez de Tagle
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Blog  / Mindfulness

Aunque no hubo viaje

Este verano no hubo viaje.

No hubo playa, no hubo campamento, no hubo el plan que tenías en la cabeza en mayo cuando todavía parecía posible. Hubo trabajo, hubo cuentas, hubo calor, y hubo muchos días en la casa.

Y ahora que ves los resúmenes de todo el mundo, hay una frase que se te repite: qué mala soy, no les di nada.

Quiero sentarme contigo en esa frase, porque no es cierta y porque sé de dónde viene.

De dónde sale la idea de que hacía falta un viaje

De ningún lado, en realidad. Es bastante nueva.

Durante generaciones, las vacaciones de los niños fueron la casa de la abuela, la calle, el aburrimiento largo de las tardes y los primos. Nadie documentaba nada. Nadie sentía que estaba fallando.

Lo que los niños necesitan sigue siendo lo mismo de siempre. Lo que cambió fue lo que vemos que hacen los demás, y la idea de que el verano hay que aprovecharlo, como si fuera un recurso que se echa a perder.

El viaje se convirtió en la prueba visible de un buen verano. Y donde hay prueba visible, hay culpa para quien no la tiene.

Lo que sí hubo

Haz el ejercicio conmigo, aunque te dé flojera. Ve leyendo despacio.

  1. Hubo disponibilidad. Estuviste ahí. No perfecta, no de buen humor todos los días, y con un cuerpo que a estas alturas necesita un descanso. Pero presente. Para un niño, que su mamá esté disponible es la base de un buen desarrollo emocional, y de su seguridad, su confianza y su autoestima.
  2. Hubo aburrimiento. Que suena a fracaso y resulta que hace falta. El aburrimiento es donde nace el juego que no inventó un adulto. Los niños a los que se les llena cada hora no aprenden a llenarse solos. Los tuyos tuvieron tardes vacías, y en esas tardes pasó algo: creció su imaginación.
  3. Hubo rutina suave. Comer, bañarse, dormir, otra vez. Suena a nada y es la estructura que hace que un niño se sienta seguro en el mundo.
  4. Hubo reparaciones. Hubo días malos, gritos, portazos. Y hubo algún momento después en el que te acercaste. Un perdón, me pasé. Un abrazo torpe seguido de risas de complicidad. Ahí es donde un niño aprende que las relaciones se rompen y se arreglan.
  5. Hubo tiempo sin prisa. Que en el año escolar no existe. Desayunos que duraron una hora. Conversaciones sin reloj. Un niño contándote algo larguísimo sin que tuvieras que interrumpirlo para salir corriendo.

Y nada de eso cabe en una foto.

Lo que eso construyó

Aquí conviene separar dos cosas que se confunden todo el tiempo: lo que tus hijos van a recordar del verano, y lo que ese verano hizo en ellos.

Lo segundo no depende de su memoria.

Un niño que pasó ocho semanas con una adulta disponible, con horarios flojos pero previsibles, con permiso de aburrirse, y con la experiencia repetida de que después de un mal rato alguien se acerca a reparar, sale distinto de ese verano. Aunque nunca pueda contarte por qué.

Eso se le queda en cosas que no parecen recuerdos. En cómo espera que lo traten los demás. En cuánto aguanta estar sin que nadie lo entretenga. En si da por hecho que un pleito se arregla o que hay que salir corriendo.

Nada de eso se decidió en un viaje. Se decidió en los martes ordinarios de tu casa.

Y eso sí se lo diste, aunque no lo hayas notado mientras sucedía.

Cuidado con la otra trampa

Quiero decir esto claro, porque lo de arriba se puede leer mal.

No te estoy pidiendo que digas fue el mejor verano de todos. Si fue duro, fue duro. Si hubo semanas horribles, las hubo. Si te hubiera gustado poder llevarlos, esa tristeza es real y merece existir. Igual que las ganas de que ya vuelvan a clases, que también son reales y también merecen existir.

Decirte que todo estuvo perfecto sería taparte la experiencia con una frase bonita, que es justo lo que hace la gratitud cuando se usa para fingir que todo está bien. Y eso es lo que no quiero para ti.

Lo que te propongo es otra cosa. No que digas fue maravilloso, sino que dejes de decir no fue nada, porque esa frase es falsa. Hubo mucho más de lo que la palabra viaje puede medir.

Guarda la evidencia

Para estos días ya te había propuesto una cena con cinco preguntas para despedir el verano en familia. Si la hacen, te pido un favor.

Cuando les toque contestar qué fue lo mejor, escucha con atención y anótalo.

Te va a sorprender lo que dicen. Casi nunca nombran lo que costó dinero. Nombran la noche que durmieron todos en la sala, o el día que llovió y salieron a mojarse, o algo que tú ni registraste.

Guarda ese papel. En diciembre, cuando vuelva la sensación de que no les diste suficiente, va a ser mejor evidencia que tu memoria.

Lo único que de verdad les hacía falta

Piensa en todo lo que les diste este verano sin darte cuenta. Y pregúntate por qué eso cuenta menos en tu cabeza que un boleto de avión.

Estuviste. Eso no es poco. Nunca ha sido poco, y nunca lo va a ser.

Preguntas frecuentes

¿Es malo no haber llevado a mis hijos de vacaciones este verano?

No, y la idea de que hacía falta un viaje es bastante nueva. Durante generaciones las vacaciones de los niños fueron la casa de la abuela, la calle y el aburrimiento largo de las tardes, y nadie sentía que estaba fallando. Lo que cambió no es lo que los niños necesitan, sino lo que vemos que hacen los demás.

¿Qué les dio un verano en casa?

Disponibilidad, que es la base de su seguridad y su confianza. Aburrimiento, que es donde nace el juego que no inventó un adulto. Rutina suave, que es la estructura que los hace sentirse seguros. Reparaciones después de los días malos. Y tiempo sin prisa, que en el año escolar no existe.

¿Mis hijos van a recordar que no salimos?

Lo que un verano hace en un niño no depende de su memoria. Un niño que pasó ocho semanas con una adulta disponible, con permiso de aburrirse y con la experiencia de que después de un mal rato alguien se acerca a reparar, sale distinto de ese verano aunque nunca pueda contarte por qué.

¿Entonces tengo que decir que fue un verano maravilloso?

No. Si fue duro, fue duro, y si te hubiera gustado poder llevarlos, esa tristeza es real y merece existir. Decirte que todo estuvo perfecto sería taparte la experiencia con una frase bonita. Lo que sí vale la pena es dejar de decir «no fue nada», porque esa frase es falsa.

¿Cómo dejo de sentir en diciembre que no les di suficiente?

Guardando evidencia. Cuando hagan el ritual de cierre del verano y les toque contestar qué fue lo mejor, escucha con atención y anótalo. Casi nunca nombran lo que costó dinero. Guarda ese papel: cuando vuelva la sensación de que no les diste suficiente, va a ser mejor evidencia que tu memoria.

me siento culpable de no llevar a mis hijos de vacaciones este veranono llevé a mis hijos a ningún lado en las vacaciones y me siento mala mamávacaciones en casa con niñosno puedo pagar vacaciones con mis hijosqué recuerdan los niños de las vacaciones