Cuento los días para que vuelvan a clases (y me siento culpable por eso) | Sofía Sánchez de Tagle
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Blog  / Mindfulness

El alivio que no te atreves a nombrar

Estás preparando útiles, uniformes, mochilas. Y entre una cosa y otra ves el calendario y te das cuenta de que ya falta poco para el regreso a clases. Y por dentro empiezas a contar los días con emoción.

Sientes un respiro chiquito, casi involuntario.

Dura un segundo. Porque después llega sin avisar un sentimiento conocido: la culpa. Y tu cabeza empieza:

¿Cómo puedo estar queriendo que se vayan?

El tiempo pasa muy rápido, en unos años ya no van a querer estar conmigo.

Hay mamás que darían lo que fuera por tener este tiempo con ellos.

¡Alto! Antes de cualquier otra cosa quiero decirte algo: ese alivio no significa lo que tú crees que significa.

Mamá parada en la cocina entre los útiles y el uniforme a medio guardar, mirando el calendario de agosto con una sonrisa contenida

El alivio no es lo contrario del amor

Tristemente, en la sociedad se nos ha enseñado desde pequeñas a castigar ese sentimiento que sale cuando no estás con tus hijos, como si fuera malo. Y es justo eso lo que hace que esto no se diga en voz alta.

Suponemos que una mamá que de verdad ama quiere tener a sus hijos cerca todo el tiempo. Que el amor y el cansancio no pueden vivir en la misma mujer. Que querer un rato sin ellos es un acto de egoísmo.

Pero no lo es.

Sentir alivio es la respuesta de un cuerpo que necesita un descanso.

Eso es todo lo que es.

Tu cuerpo no lleva la cuenta de cuánto los quieres. Lo que lleva contando son las semanas que llevas sosteniendo sin relevo.

Son ocho semanas.
Ocho semanas en las que nadie más decidió qué se come.
A qué hora se bañan.
Con qué se entretienen.
Quién se aburre.
Quién pega.
Qué se hace cuando llueve y ya vieron la película tres veces.
Qué amigos están para pasar un rato.
Fueron ocho semanas sin una sola hora en la que no hubiera alguien que pudiera necesitarte en cualquier momento.

Lo que sientes cuando ves esa fecha en el calendario es exactamente lo que sentiría cualquier cuerpo que llevara ocho semanas así.

Por qué las vacaciones te cansan más a ti

Ya habíamos platicado un poco sobre el tema, pero quiero volver a hacer énfasis en algo que casi nunca se nombra: en las vacaciones descansan todos menos la que organiza.

Para tus hijos, el verano quita estructura. Se acaban los horarios, las tareas, la alarma, las clases extras. Para ti, quitar esa estructura no te quita el trabajo: al contrario lo multiplica. Porque cada hora que pasaban en el colegio, ahora la tienes que llenar tú.

Y llenarla se lleva mucho más que hacer cosas: se lleva decidirlas. Qué hacemos hoy, con quién, a qué hora, si vale la pena salir, si aguantan el calor, si ya comieron demasiada azúcar, si los dejo con la pantalla otro rato, si soy firme y dejo que se aburran. Son muchos si que resolver, y cada día puede cambiar y hay que volver a planear.

A eso súmale: la vigilancia. Tu cuerpo lleva dos meses con un oído puesto todo el tiempo. Aunque estés sentada. Aunque estén tranquilos. Esa alerta de fondo no se apaga porque sea agosto y sean vacaciones. Consume energía, y mucha, aunque no estés haciendo nada.

Por eso puedes terminar el verano más cansada que en marzo, y encima sintiéndote rara por estarlo. Si no trabajé, si estuvimos de vacaciones, ¿por qué estoy así?

Porque no estuviste de vacaciones. Estuviste de guardia.

Mamá sentada en el piso recargada en el sillón, acompañando a su hija que juega en el tapete, con la mirada cansada de una tarde larga de agosto

La culpa que llega dos segundos después

Lo interesante es la velocidad. El alivio dura un instante y la culpa llega casi encima, como si tuvieras que corregirlo.

Y esa culpa hace algo muy específico: te convence de que sentir alivio y ser mala mamá son lo mismo.

Aquí vale la pena separar dos cosas que casi siempre viajan juntas y no son lo mismo. La responsabilidad ve hacia afuera y hacia adelante: hice algo que no estuvo bien, ¿cómo lo reparo? La culpa ve hacia adentro y hacia atrás: no lo estoy haciendo bien. Una te mueve. La otra nada más te desgasta, y distinguir cuál de las dos te está hablando cambia bastante las cosas.

Y fíjate en esto: para que la culpa tenga sentido, tendría que haber algo que reparar. Un daño. Alguien lastimado.

¿Quién se lastimó cuando tú contaste los días en el calendario?

Nadie. Tus hijos no se enteraron. No hubo grito, no hubo desatención, no hubo nada que no les hayas dado. Solo hubo un pensamiento dentro de tu cabeza, que nadie más vio.

Estás sintiendo culpa por un pensamiento. Y los pensamientos no son actos, aunque la culpa materna lleve años convenciéndonos de lo contrario.

No eres la única, aunque nadie lo diga

Este año la prensa hispana por fin le puso nombre. Le dicen el alivio culpable, y publicaron notas cortitas sobre las mamás que cuentan los días y casi no se atreven a decirlo.

Que haya llegado a los periódicos dice algo súper importante: no es cosa solo tuya. No es un rasgo raro tuyo. Es tan común que ya es tema. No eres un bicho raro.

Pero en tu grupo de WhatsApp no aparece. En Instagram tampoco. Ahí lo que ves esta semana son los resúmenes del verano: el álbum, el atardecer, los pies en la arena, no quiero que se acabe.

Y tú, leyendo eso con el pulgar mientras uno te pide agua y el otro llora en el cuarto de al lado.

Pero se nos olvida algo: no es que ellas no hayan sentido lo que tú sientes. Es que nadie sube ese momento.

Seis frases que muchas mamás piensan y casi ninguna dice. Elige y voltea la tarjeta.

“Cuento los días para que vuelvan a clases.”

Qué hacer con el alivio

No hace falta que dejes de sentirlo. Lo que de verdad agota es la energía que gastas en esconderlo.

Nómbralo entero. En voz alta, en donde quieras, si prefieres puede ser sola en el coche. Estoy contando los días para que vuelvan a clases y también los voy a extrañar. Las dos partes en la misma frase. Cuando lo dices completo pierde el peso de secreto.

Dilo a una persona. Una sola. Tu hermana, tu amiga, tu mamá, la mamá con la que te llevas bien. Casi siempre pasa lo mismo: la otra se ríe de alivio y te dice yo pensé que era la única. Ese momento vale más que veinte artículos.

No lo compenses. Esta es la trampa más común de los últimos días de agosto: sientes alivio, te da culpa, y para compensar organizas una salida enorme, con calor, con fila, con todos de mal humor. Terminas más agotada, con menos paciencia. La culpa es pésima planeadora de días familiares.

Haz un lugar al otro sentimiento. Porque también hay tristeza, y si solo persigues el alivio no la vas a ver. Un cierre pequeño, una cena distinta, cinco preguntas en la mesa la última noche. No necesita ser una producción: basta con un ritual chiquito para despedir las vacaciones en familia.

Cuando ya no es alivio

Hay un punto en el que esto deja de ser el cansancio normal de julio y agosto, y conviene saber distinguirlo.

El alivio de fin de vacaciones es puntual: aparece cuando ves el calendario, se te pasa, y sigues disfrutando ratos con ellos en el mismo día.

Lo otro se ve distinto. Es no sentir casi nada, ni bueno ni malo. Es estar irritable todo el tiempo, con todos. Es que las cosas que antes te daban gusto ya no te dan. Es sentir que los estás cuidando en automático, desde muy lejos, como si los vieras por una ventana. Es empezar a pensar que ellos estarían mejor con otra mamá.

Eso describe un agotamiento mucho más hondo, y no se arregla con que empiecen las clases. Tiene nombre, se llama burnout materno, y pedir ayuda ahí no es exagerar.

Y cuando por fin se vayan

Te adelanto lo que casi siempre pasa el 31 de agosto, para que no te agarre desprevenida.

Los dejas. Manejas de regreso. Abres la puerta de una casa en silencio.

Y en lugar de la fiesta que llevabas dos semanas imaginando, llega un vacío raro. Un poco de tristeza. Un poco de nostalgia por el tiempo vivido. Ganas de que ya sea la hora de recogerlos. Y hasta un poco de miedo de volver a conectar con ellos.

Mamá sola en la sala después de dejarlos en el colegio, con el café entre las manos y el tapete ya sin juguetes, mirando hacia la ventana

El alivio no era falso. Las dos cosas eran verdad al mismo tiempo, y ahora te toca la otra mitad. A mí me tocó al volver del camión, y lo escribí tal cual: la extraña mezcla de extrañarlas y volver a tener espacio.

A tu hijo, por cierto, le está pasando algo muy parecido a esa misma hora.

Lo que sí es verdad

Si la que estuviera contando los días fuera tu mejor amiga, no la juzgarías ni un segundo. Le dirías que está cansada, que lleva mucho tiempo sosteniendo, y que nada de eso la hace una mala mamá.

Esa misma voz te sirve a ti.

Querer que vuelvan a clases no te hace una mala mamá. Te hace una mujer cansada que llevaba ocho semanas sin relevo, y cuyo cuerpo, muy sabiamente, reconoce que viene un descanso.

El amor no se mide en cuántas horas aguantas sin descansar de ellos.

Preguntas frecuentes

¿Es normal sentir alivio de que mis hijos vuelvan a clases?

Sí, y es mucho más común de lo que parece. El alivio es la respuesta de un cuerpo que necesita un descanso después de semanas sosteniendo sin relevo. No mide cuánto los quieres, mide cuánto llevas cargando. Este año la prensa hispana incluso le puso nombre: el alivio culpable.

¿Por qué me siento culpable si nadie salió lastimado?

Porque la culpa se disparó por un pensamiento, no por un acto. Para que la culpa tenga sentido tendría que haber un daño que reparar, y aquí no lo hay: tus hijos no se enteraron, no hubo grito ni desatención. Sentir culpa por algo que solo ocurrió dentro de tu cabeza es la señal más clara de que esa culpa no trae información útil.

¿Por qué termino las vacaciones más cansada que en marzo?

Porque las vacaciones descansan a todos menos a quien organiza. Quitar la estructura del colegio no te quita trabajo, te lo multiplica: cada hora que antes venía resuelta ahora la tienes que llenar y, sobre todo, decidir. A eso se suma la vigilancia constante, esa alerta de fondo que no se apaga aunque estés sentada.

¿Cómo dejo de sentirme mal por querer un rato sin ellos?

No se trata de dejar de sentirlo, sino de dejar de gastar energía en esconderlo. Nómbralo completo, con las dos partes en la misma frase: «cuento los días y también los voy a extrañar». Dilo a una persona de confianza. Y no lo compenses con una salida enorme que va a terminar agotándote más.

¿Cuándo el alivio ya no es alivio sino algo más serio?

El alivio de fin de vacaciones es puntual: aparece, se te pasa, y en el mismo día sigues disfrutando ratos con ellos. Si en cambio no sientes casi nada, estás irritable todo el tiempo, dejaste de disfrutar lo que antes te gustaba, o sientes que los cuidas en automático y desde lejos, eso describe un agotamiento mucho más hondo que no se arregla con que empiecen las clases.

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