Enseñar a esperar: por qué tus hijos no necesitan una mamá que diga sí a todo | Sofía Sánchez de Tagle
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Blog  / Crianza presente

No necesitan una mamá que diga sí a todo

Hay algo en lo que he estado pensando mucho: hoy nuestros hijos pueden tener casi cualquier cosa de forma inmediata.

Lo que pides por internet llega al día siguiente (o en unas horas). Las películas empiezan con un clic. Las respuestas aparecen en segundos. Los juguetes se reemplazan en cuanto el que tienen deja de emocionarlos.

Hay una palabra que cada vez escuchamos menos en nuestra crianza: espera.

Y ese espera casi siempre viene acompañado de una frustración enorme y de un drama monumental. No porque nuestros hijos tengan algo malo. Sino porque están creciendo en un mundo que los ha acostumbrado a que casi todo suceda de inmediato.

Sin darnos cuenta, la gratificación inmediata empieza a parecer la forma natural de vivir.

Un mundo que ya no espera

Piensa en un día cualquiera de tus hijos. ¿Cuántas veces tuvieron que esperar algo de verdad?

No hablo de cinco segundos mientras carga un video. Hablo de desear algo y no tenerlo. De quedarse con las ganas un rato, o una semana, o hasta el cumpleaños.

Nosotras crecimos esperando casi todo. El programa favorito salía una vez a la semana. Las fotos tardaban días en revelarse. Si querías un juguete, lo pedías en Navidad y contabas los días. Así era. Y sin que nadie lo planeara, la vida nos daba cientos de oportunidades para practicar esperar por algo.

Nuestros hijos no tienen esas oportunidades de forma natural. Si las van a tener, casi siempre va a ser porque alguien, con mucho amor, se las da.

Ese alguien somos nosotras.

Los no que forman parte de un día cualquiera

Hace unos días me di cuenta de que últimamente he dicho muchos no.

  • No a una pijamada.
  • No a descargar un juego nuevo en el iPad.
  • No a tener un celular.

Y, curiosamente, esos son mis no más fáciles de sostener, porque son decisiones en las que creo profundamente. (Si estás en la de la pijamada, aquí te cuento cómo tomar esa decisión en familia).

Pero también he empezado a observar todos esos pequeños no que forman parte de un día cualquiera.

  • Hoy no vamos a comprar ese juguete.
  • Hoy no hay cinco minutos más de televisión. Es momento de ir a jugar.
  • No te voy a prestar mi celular mientras esperamos la comida. Podemos esperar hablando.
  • No vamos a pedirlo por internet. Si de verdad lo quieres, podemos esperar a tu cumpleaños.

Esos suelen ser los más difíciles de sostener. Llegan cuando estamos cansadas, cuando tenemos prisa, cuando el sí resolvería todo en un segundo.

Y no, querida… Nuestros hijos no se van a traumar por escuchar un no. Al contrario.

Cada uno de esos pequeños no les está enseñando algo enorme: que no todo tiene que suceder en el momento en que lo deseamos.

¿Qué dice la ciencia sobre aprender a esperar?

Seguro has oído hablar del experimento del malvavisco. En los años sesenta y setenta, el psicólogo Walter Mischel sentó a niños de preescolar en la Universidad de Stanford frente a un dulce y les dio a elegir: comérselo ya o esperar unos minutos y recibir dos.

De ese estudio, lo más interesante es cómo aguantaron los que lo lograron. Se tapaban los ojos, cantaban, se volteaban, inventaban juegos con las manos. Encontraban recursos dentro de ellos mismos para hacer la espera más fácil.

Años después, Mischel y su equipo buscaron a varios de esos niños ya adolescentes y vieron que los que habían esperado más tendían a tener mejores resultados en la escuela. De ahí nació la idea, muy repetida, de que la prueba del malvavisco “predecía el éxito”.

Ahora, te quiero contar el matiz, porque es importante. En 2018, Tyler Watts y su equipo repitieron la prueba con varios cientos de niños de contextos mucho más diversos que los de una guardería universitaria. La relación entre cuánto esperaban a los cuatro años y sus resultados escolares a los quince resultó la mitad de fuerte de lo que se había reportado. Y cuando tomaron en cuenta el contexto de cada familia (sus recursos, el ambiente en casa), se redujo todavía en dos tercios. Unos minutos frente a un dulce a los cuatro años no deciden el destino de nadie.

Eso no quiere decir que el autocontrol no importe. Un estudio enorme en Nueva Zelanda, publicado en 2011 por Terrie Moffitt y su equipo, siguió a mil niños desde que nacieron hasta los 32 años. En lugar de una sola prueba, midieron su autocontrol muchas veces entre los 3 y los 11 años, con lo que observaban sus papás, sus maestros y los propios investigadores. Los que tenían más autocontrol llegaron a la adultez con mejor salud, finanzas más estables y menos problemas con la ley. Y la relación fue gradual: cada poquito más de autocontrol contaba.

Juntos, los dos estudios dejan algo muy esperanzador: pesa mucho más lo que se practica a lo largo de toda la infancia que una sola prueba a los cuatro años. Y eso se construye todos los días.

Y aquí viene mi parte favorita. En 2013, un equipo de la Universidad de Rochester encabezado por Celeste Kidd hizo algo muy sencillo antes de la prueba del dulce. Primero, el adulto les prometía a los niños unos crayones nuevos y, después, unas calcomanías mejores si esperaban. Con un grupo, cumplía. Con el otro, regresaba con las manos vacías. Luego venía el malvavisco. Los niños que habían aprendido que el adulto era confiable esperaron en promedio unos doce minutos. Los otros, apenas tres.

Esperar, entonces, también depende de si el niño confía en que la espera vale la pena.

Por eso importa tanto que, cuando le dices “podemos esperar a tu cumpleaños”, el cumpleaños llegue y lo recuerdes. Cada promesa cumplida le enseña que esperar tiene sentido.

Niña parada en un banquito de madera tachando un día en el calendario de la cocina, contando los días para su cumpleaños, mientras su mamá la acompaña con la mano en su espalda

La infancia necesita exactamente lo contrario

Necesita esperar, aburrirse, imaginar. Esperar también se aprende. Y, como cualquier aprendizaje, necesita oportunidades para practicarse.

Y, sobre todo, necesita descubrir que no todos los deseos tienen que cumplirse en el instante en que aparecen.

Porque es justamente en esa espera donde sucede algo maravilloso.

Ahí se construye la paciencia, la tolerancia a la frustración y la capacidad de encontrar recursos dentro de uno mismo. Lo mismo que hacían esos niños que cantaban frente al dulce. Lo mismo que pasa cuando se aburren y, después de un rato de quejarse, inventan un juego (aquí te cuento por qué el juego libre es tan importante).

La capacidad de esperar vive en la corteza prefrontal, la parte del cerebro que nos ayuda a frenar un impulso, a pensar antes de actuar. Es de las últimas en madurar: termina de desarrollarse hasta la adultez temprana. Así que cuando tu hijo de cinco años se tira al piso porque no le compraste el juguete, está practicando algo que a su cerebro todavía le cuesta muchísimo.

Y para practicar, necesita que alguien le dé la oportunidad.

Mamá hincada a la altura de su hija, que está frustrada con los brazos cruzados, acompañándola con calma en la sala

Cómo acompañar la espera sin volverla una batalla

No necesitas inventar momentos para enseñarles a esperar. Ya están ahí, en tu día. Solo es cuestión de verlos con otros ojos.

1. Nombra lo que siente. “Tienes muchísimas ganas y te frustra tener que esperar.” No tienes que quitarle la frustración. Solo tienes que verla. Una emoción nombrada pesa menos.

2. Sostén el no con calma y con pocas palabras. Entre más explicamos, más se abre la negociación. Un no dicho con tranquilidad, sin enojo y sin culpa, se sostiene solo. Si te cuesta mantener la calma cuando ellos pierden la suya, aquí hablo de cómo modelar la calma cuando tú tampoco te sientes calmada.

3. Dale algo que hacer mientras espera. Como los niños del malvavisco.

  • Podemos esperar hablando.
  • Podemos jugar a veo, veo.
  • Podemos contar los coches rojos.

Así descubre que él también tiene recursos para hacer la espera más ligera.

Mamá e hija jugando a aplaudir con las manos en la mesa de un restaurante lleno de gente mientras esperan la comida, sin celulares

4. Cumple lo que prometes. Si dijiste “en tu cumpleaños”, que el cumpleaños sí llegue. Si dijiste “después de comer”, que después de comer sí suceda. La espera se aprende en un lugar donde se puede confiar.

5. Espera tú también. Nuestros hijos nos observan todo el tiempo. Cuando te ven guardar el celular en la fila del súper, esperar tu turno sin desesperarte o decir “lo quiero, pero me voy a esperar”, aprenden más que con cualquier explicación.

Y un recordatorio con cariño: no hace falta decir que no a todo ni convertir cada deseo en una lección. Basta con dejar que, de vez en cuando, la vida vaya un poquito más lento.

Lo que les regalas cuando esperan

A veces pensamos que cuando decimos no les estamos quitando algo. En cambio, yo creo que les estamos regalando algo mucho más valioso.

La oportunidad de descubrir que no todo llega de inmediato.

Que lo más hermoso de la vida generalmente se cocina así a fuego lento.

No tengas miedo de hacerlos esperar, porque es en esa espera donde sucede la verdadera magia de la infancia.

Preguntas frecuentes

¿Es malo decirle que no a mi hijo?

No. Un no dicho con calma y sostenido con cariño no lo traumatiza. Le enseña que no todo tiene que suceder en el momento en que lo desea, y esa es una de las lecciones más valiosas de la infancia. Lo que necesita es no quedarse solo con su frustración.

¿Qué es la gratificación inmediata en los niños?

Es la costumbre de que un deseo se cumpla en el instante en que aparece: el paquete que llega mañana, la película que empieza con un clic, el juguete que se reemplaza en cuanto aburre. Los niños que crecen así tienen menos oportunidades de practicar la espera, y la espera es justo donde se construyen la paciencia y la tolerancia a la frustración.

¿A qué edad aprenden los niños a esperar?

Desde muy pequeños pueden practicar esperas cortas, pero la capacidad de esperar depende de la corteza prefrontal, que madura muy despacio y termina de desarrollarse hasta la adultez temprana. A los 3 o 4 años, unos minutos ya es mucho. Por eso la espera se practica poco a poco, en momentos pequeños del día, y crece con la repetición.

¿Qué hago si mi hijo hace berrinche cuando le digo que no?

Acompaña la emoción sin quitar el límite. Nombra lo que siente (tienes muchas ganas y te frustra esperar), quédate cerca y usa pocas palabras. El berrinche es su forma de procesar una frustración que todavía no sabe manejar solo. Si cedes para que se calme, aprende que el berrinche funciona.

¿Qué dice el experimento del malvavisco sobre la espera?

En los años sesenta y setenta, Walter Mischel ofreció a niños de preescolar un dulce ahora o dos si esperaban. Los que lograban esperar usaban estrategias: cantaban, se tapaban los ojos, se distraían. Estudios posteriores matizaron sus conclusiones, y uno de 2013 mostró algo clave para las mamás: los niños esperan mucho más cuando confían en que el adulto va a cumplir lo que prometió.

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