Llega el verano y, con él, probablemente la invitación que llevas evitando: pijamada en casa de una de sus mejores amigas.
Cuando yo era niña, las pijamadas fueron algunos de mis recuerdos más felices.
Todavía me acuerdo de la emoción de empacar la pijama, el cepillo de dientes y mi peluche favorito. Había algo mágico en esa mezcla de libertad, complicidad y risas hasta tarde. Por eso entiendo perfecto la ilusión que sienten nuestros hijos cuando llega la primera invitación.
Pero sería ingenuo pensar que hoy las condiciones son las mismas. Nuestros hijos tienen acceso a conversaciones, imágenes y contenidos que nosotros ni siquiera imaginábamos a su edad. Y esa realidad, nos guste o no, también forma parte de la decisión.
Hoy la decisión no solo reside en preguntarme si mi hija está lista. Es aceptar que, si cierro la puerta de la casa donde es la pijamada y me voy, dejo de controlar lo que ocurre dentro de esa casa. Y hoy no me siento cómoda con dar el sí a esa invitación.
Creo que sin duda cada familia puede tener su punto de vista, y vale la pena abrir una sana conversación entre mamás.
No existe una respuesta correcta
En los últimos años he escuchado de todo.
Hay familias que tienen una regla muy clara: “en esta casa no hacemos pijamadas de ningún tipo”.
Otras, como la mía, las permiten únicamente con sus primos (ahora que no son adolescentes) y con la abuela.
Otras deciden caso por caso.
Y, si soy completamente honesta, no creo que exista una única respuesta correcta.
La respuesta correcta es la que puedas sostener con paz. Que no cedas solo por presión social y por sentir que tu hija o hijo se queda fuera.
Aceptar ese límite también forma parte de criar.
Quiero confesarte algo…
Mis hijas cumplirán 12 años en unos meses.
Y hoy, si soy completamente honesta, todavía no me siento cómoda con la idea de que se queden a dormir en otra casa que no sea la de mi mamá o mi hermana.
No porque no confíe en ellas, porque confío profundamente en las niñas que estamos criando. Pero dedicándome al tema de la prevención del abuso y de las pantallas, una pijamada sí puede terminar mal. Puede que sea la excepción, pero por más que conozca a una familia y por más preparadas que pudieran estar mis hijas, hay cosas que simplemente no puedo controlar.
Y esa es una realidad con la que, personalmente hoy, no me siento en paz.
Quizá dentro de unos años cambie de opinión. Quizá no.
Pero he aprendido que en la crianza intento no tomar decisiones por presión social ni porque “todos los demás ya lo hacen”. Esto obviamente viene acompañado de sostener su frustración, porque me convierto muchas veces en la peor mamá del mundo.
Hoy intento tomar esta decisión desde ese lugar donde mi intuición, la información y mi paz se encuentran.
Si decides decir que sí…
Decir que sí no significa simplemente llevarlos y cruzar los dedos para que todo salga bien y sin contratiempos. Decir que sí requiere preparación.
Antes de la pijamada vale la pena tener una conversación tranquila con la familia anfitriona. No como un interrogatorio, sino como una familia hablando con otra familia que está poniendo en sus manos lo más valioso que tiene.
Hay conversaciones que, para mí, son indispensables:
- ¿Qué adultos estarán presentes durante toda la noche?
- ¿Habrá adolescentes o niños mayores en la casa?
- ¿Dónde van a dormir los niños? Personalmente me da mucha más tranquilidad que sea en un espacio común, como la sala o un cuarto de juegos, y no en habitaciones separadas.
- ¿Habrá acceso a celulares, redes sociales, videojuegos o internet?
Estas no son preguntas exageradas. Son conversaciones que construyen confianza entre familias y que, sobre todo, te ayudan a tomar la mejor decisión.
De familia a familia
Cómo tener la conversación
Preguntar no es desconfiar. Aquí tienes una forma de decirlo sin que suene a interrogatorio, de una mamá a otra. Toca cada una.
¿Qué adultos estarán despiertos toda la noche?
No es desconfiar, es cuidar. Puedes decirlo desde la ternura: “Para quedarme tranquila, ¿me cuentas quién va a estar en casa esa noche?” Saber que hay un adulto responsable, despierto y presente, te da paz a ti y también a ella.
¿Habrá adolescentes o niños mayores en la casa?
Muchas veces lo que incomoda no viene de los adultos, sino de un hermano mayor o de sus amigos. Pregúntalo con naturalidad: “¿Van a estar también los hermanos grandes o alguien más?” No para juzgar, solo para saber con quién va a convivir.
¿Dónde van a dormir?
Eso que te da paz, que duerman juntas y a la vista, muchas veces solo hay que saber pedirlo sin que suene a exigencia. Propónlo con cariño, como una idea y no como una condición: “¿Se quedan todas juntas en la sala? A las niñas les encanta dormir así, todas apretaditas.”
¿Cómo manejan las pantallas e internet?
Este, para mí, es de los más importantes. Una pantalla sin supervisión puede abrir puertas que a su edad todavía no toca abrir. Puedes preguntarlo de tú a tú: “Oye, ¿en la noche los niños se quedan con celulares y pantallas o los guardan?” No es para controlar: es para saber si en esa casa cuidan las pantallas parecido a como lo haces tú.
No es un examen para la otra familia. Son dos familias cuidando juntas lo más valioso que tienen.
Hay algo que para mí no es negociable
Tu hija o hijo necesita saber que, si quiere volver a casa, puede hacerlo. SIEMPRE.
Aunque no tenga celular, aunque en tu casa todavía no use dispositivos.
Antes de dejarle, asegúrate de que exista una forma sencilla de comunicarse contigo:
- Que se sepa tu número de teléfono y pueda pedirle al adulto responsable su teléfono.
- Que la familia anfitriona sepa que pueden llamarte a cualquier hora.
- Acuerden tener una palabra que signifique: “ven por mí”, ahora y sin preguntas.
Y prométele algo muy importante: si te llama, no habrá regaños, sermones o un “te dije”.
Que tu hija o hijo tenga las herramientas para pedir ayuda.
Plan de salida
Armen juntas su palabra código
Una frase que suene de lo más normal, para que pueda decírtela sin pasar pena, pero que entre ustedes dos signifique “ven por mí”.
1. Elijan la frase
2. Elijan qué va en el espacio
Y si decides decir que no…
También está bien. Tus hijos no necesitan una pijamada para tener una infancia feliz.
Hoy existen opciones que me encantan:
- Un “late over” o “late night”: invita a sus amigas y amigos a una tarde divertida, pero antes de irse a acostar los papás pasan por cada quien, y cada niño duerme en su casa.
- Un “sleep under”: es casi una pijamada. Hasta se ponen la pijama, ven películas y hacen actividades divertidas, pero al final cada niño se va a dormir a la comodidad de su casa.
- Un “breakfast bash”: esto es todo lo contrario. Invitas a las niñas y niños a casa a tomar el desayuno o un brunch. Puedes ponerle temática de pijamada, que todos vayan de un color, un peinado loco, una película. La imaginación de tu hijo o hija es el límite.
Antes de cerrar…
Hay una idea que últimamente vuelve mucho a mi corazón: nuestros hijos no necesitan vivir todas las experiencias al mismo tiempo.
La infancia no es una carrera. No hay una medalla para quien hizo antes su primera pijamada, tuvo antes un celular o empezó antes a salir solo.
Si una experiencia puede esperar uno, dos o tres años más… probablemente no estamos perdiendo una oportunidad. Estamos respetando el ritmo de nuestra familia.
Y eso también es una forma de cuidar la infancia. Al final, las pijamadas no son una prueba de independencia. Son una decisión familiar.
Y como tantas otras decisiones en la crianza, no se trata de hacer lo que hacen los demás.
Se trata de encontrar ese punto donde el amor, la confianza y la prudencia pueden convivir.
Porque la independencia no empieza cuando dejan de necesitarnos.
Empieza cuando saben que, incluso lejos de casa, seguimos siendo un lugar seguro al que siempre pueden volver.
Y un favor de mamá a mamá: si mientras leías pensaste en una amiga (la del chat que no sabe si decir que sí, la que trae la invitación atorada en el pecho), mándale esta reflexión. A veces el mejor abrazo entre mamás es un “esto me hizo pensar en ti”.


