Se está acabando el verano.
Y quiero proponerte algo antes de que empiecen las clases y todo esto se vuelva un bloque borroso de calor y desorden.
Imagínate que alguien te pregunta dentro de diez años: “¿te acuerdas del verano de 2026?”.
¿Qué vas a contestar?
Las dos versiones
Puedes contar este verano como la temporada en la que hubo más desorden, más peleas entre hermanos, más cansancio y más culpa de la que imaginabas.
Y probablemente no estarás mintiendo. Fue así.
Pero también podrías contar exactamente el mismo verano diciendo que hubo noches de helado, carcajadas en la sala, muchos juegos de mesa, conversaciones antes de dormir, un abrazo inesperado o una tarde cualquiera en la que tu hijo dijo algo que no vas a olvidar.
Y eso también pasó.
Las dos historias son ciertas. Y no vas a poder guardar las dos con el mismo detalle: una se va a volver el recuerdo y la otra se va a quedar en el fondo.
Por qué el cansancio suele ganar
Al final de una temporada larga hacemos dos cosas que juegan en contra.
Comparamos con el verano imaginario. El que planeamos en junio, con las tardes tranquilas y los hijos jugando en paz. Contra ese verano, el real siempre pierde. Pero ese verano nunca existió: es una foto de catálogo con la que estás midiendo tu vida.
Recordamos el promedio de cansancio, no los momentos. El agotamiento es constante y por eso ocupa mucho espacio. Los momentos buenos son cortos, ocurren sin avisar y se van sin dejar huella si no te detienes en ellos.
Así es como una mamá que estuvo presente todo el verano puede terminar agosto con la sensación de que lo desperdició.
El ejercicio, antes de que se acabe
Te propongo hacerlo hoy, no en diciembre.
Siéntate cinco minutos y contesta tres cosas.
Un día específico. No “fuimos a la playa”. Un día. Qué hora era, quién estaba, qué dijeron. El detalle es lo que hace que un recuerdo se sostenga; lo genérico se borra.
Algo que aprendieron. A nadar, a andar en bici, a quedarse a dormir fuera, a pedir perdón, a estar aburridos sin morirse. El verano casi siempre les enseñó algo, aunque no haya estado en tu lista.
Algo que hiciste tú. Esta es la que más nos cuesta y la que más importa. No lo que ocurrió: lo que tú sostuviste. Los días que te levantaste sin ganas y aun así estuviste. Las veces que reparaste después de perder la paciencia.
Escríbelo donde sea. Una nota en el teléfono basta.
Lo que estás haciendo no es un ejercicio bonito de fin de temporada. Estás decidiendo, ahora que todavía te acuerdas, cuál de las dos versiones vas a repetir hasta que se vuelva recuerdo.
Lo que van a recordar ellos
Una cosa más, porque sé que esta es la que de verdad pesa.
Tus hijos no van a recordar el verano que tú crees.
No van a recordar la casa ordenada ni el calendario que no cumpliste. Casi nunca recuerdan las actividades caras; recuerdan momentos específicos, casi siempre pequeños y casi siempre gratis. Una palabra graciosa. El sabor de un helado nuevo y la cara chistosa que hicieron al probarlo. Que te metiste al agua con ellos. Que un día se rieron tanto que les dolió la panza.
Y recuerdan, sobre todo, cómo se sintieron cerca de ti.
Eso ya ocurrió. Este verano ya está lleno de esas escenas. Solo falta que las platiquen, para que no se pierdan.
Y no hace falta esperar a diciembre para empezar. Esta misma noche, en la cena o antes de apagar la luz, pueden hacerse una sola pregunta: ¿qué salió bien hoy? Contestarla en voz alta es, literalmente, lo que hace que un momento se quede.
Si quieres la práctica completa, y por qué tu cerebro necesita ayuda para quedarse con lo bueno, la escribí aquí: gratitud en la maternidad.
Y si este verano te dejó más vacía que llena, no es falta de gratitud: estar agotada de tenerlos todo el día en casa es otra conversación, y también merece su lugar.