Preparar el regreso a clases sin ansiedad (la de tu hijo y la tuya) | Sofía Sánchez de Tagle
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Blog  / Crianza presente

El regreso no empieza el primer día

El primer día de clases ya está en el calendario. Ya lo viste, ya sacaste la cuenta de cuántos días faltan.

Y la conversación en tu casa, si se parece a la de la mayoría, es sobre útiles. La lista, los uniformes, los zapatos que ya no le quedan, las colegiaturas, quién lo va a recoger ciertos días.

Todo eso hay que resolverlo. Pero nada de eso es lo que va a determinar cómo vivió y disfrutó su verano, ni cómo le va el primer día de vuelta al colegio.

Lo que en realidad estamos preparando

El regreso a clases no se prepara solo con los útiles. Se prepara calmando nuestro sistema nervioso.

Tu hijo no necesita que le prometas que va a estar increíble. Ya te oyó decir eso otras veces y no siempre resultó verdad. Lo que necesita es llegar a esa puerta con un cuerpo que no esté en alerta.

Eso sí se puede preparar. Pero no en la noche del 30 de agosto.

Por qué el cuerpo protesta

En vacaciones pasan tres cosas al mismo tiempo, y las tres son buenas.

Los horarios se ensanchan. Nadie se levanta con alarma. El día deja de estar dividido en bloques y empieza a organizarse solo, según lo que vaya pasando.

Los niveles de estrés bajan. Literalmente: el cortisol desciende cuando desaparecen las exigencias fijas del día.

Y el sistema nervioso se acostumbra a lo no previsto. A que cada día sea diferente.

Volver deshace las tres de golpe. Por eso el cuerpo protesta, y esa protesta tiene una razón física: le cambiaron todo en pocos días.

No sé si alguna vez te has percatado, pero después de las vacaciones el cuerpo siente un pequeño bajón. Tiene nombre, y no es solo cosa de adultos.

Síndrome postvacacional

También les pasa a ellos

Lo asociamos con los adultos, pero según la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria afecta a cerca del 15% de los adultos y a entre el 5% y el 8% de los niños. Así se ve en casa.

Toca una parte

Cada porción es uno de los síntomas. Tócala para ver cómo se ve en casa.

El colegio no está mal ni tu hijo tiene un problema. Es un cuerpo reacomodándose, y se pasa solo.

Tu trabajo estas dos semanas es que ese reacomodo empiece antes del lunes, para que no le caiga todo el mismo día.

Las dos semanas, en orden

Hay un orden que funciona mejor que otro, y casi todas lo hacemos al revés: dejamos el cuerpo para el final y empezamos por los discursos.

Primero el cuerpo

Es lo primero porque es lo que más tarda.

El sueño no se corrige en una noche. Se adelanta de diez a quince minutos por día, empezando entre diez y quince días antes. Y conviene empezar por los horarios del día, las comidas y las actividades, porque cuando el día se ordena, la noche se acomoda con mucha menos pelea.

Es la parte más aburrida de todo esto y también la más determinante. Un niño que durmió lo que necesitaba entra a la escuela con otro cuerpo. Y una mamá que durmió lo que necesitaba sostiene la mañana con otra paciencia.

Lo desglosé día por día aquí: volver a la rutina de sueño en diez días.

Mamá sentada en la orilla de la cama arropando a su hija de noche, con la luz cálida de la lámpara del buró

Después, contarle cómo va a ser

El miedo casi siempre vive en el hueco de lo que no se sabe.

Tu hijo no le teme al colegio en abstracto. Le teme a no saber quién lo va a recoger, si va a estar con su amiga, dónde queda el baño, si la maestra nueva va a ser como la anterior.

Así que en vez de asegurarle que todo va a salir bien, cuéntale cómo va a ser. Con detalle y sin adornos. Quién lo lleva, quién lo recoge, a qué hora, si se queda a alguna actividad. Y si cambió de salón, que lo conozca antes.

Lo concreto tranquiliza más que lo positivo. Piénsalo en ti: cuando algo te da miedo, no te calma que te digan que todo va a salir bien. Te calma saber qué sigue.

Mamá y su hija sentadas en el piso frente a la mochila abierta, con el uniforme y el lonche listos, platicando de cómo va a ser el día

Y lo más bonito, para el final

Y antes de entrar de lleno a la semana escolar, cierren la etapa que se va.

Suena a lujo cuando todavía faltan uniformes por comprar, pero hace algo que ninguna otra cosa de esta lista hace: le pone final a lo anterior. Los niños sienten el cambio antes de entenderlo, y un ritual les da el lugar donde dejarlo.

Te dejo cómo hacerlo, en la versión más simple: el ritual para despedir las vacaciones en familia.

La puerta

El primer día se decide en tres minutos, y son los de la despedida.

Acuerden antes un gesto que sea de ustedes dos. Un beso en la palma de la mano y que cierre el puño para no soltarlo. Un choque de palmas. Una frase corta que solo signifique algo para ustedes. Puede parecer poquita cosa, pero le da algo concreto que sostener cuando tú ya no estés ahí.

El gesto se hace una sola vez y se termina ahí.

Alargar la despedida no lo calma. Se lo pone peor, porque le confirma que efectivamente hay algo de qué preocuparse. Si su mamá no se puede ir, es que esto es grave.

Dile quién lo recoge y a qué hora. Con seguridad, aunque por dentro te tiemble un poco. Y vete.

Lo que no ayuda, aunque lo hacemos todas

  • Prometerle que va a ser divertidísimo. Si no lo es, aprende que tus tranquilizaciones no son información confiable.

  • Interrogarlo cada tarde. ¿Cómo te fue? ¿Sí jugaste con alguien? ¿Comiste? ¿Estuviste triste? Cuatro preguntas seguidas no se sienten como interés, se sienten como revisión. Y casi siempre contesta bien nada más para que se acabe.

    Si quieres saber cómo le fue, empieza tú. Cuéntale algo de tu día, y que sea de verdad: lo que se te olvidó, lo que te dio risa, con quién comiste, qué se te hizo pesado. Y ya después le preguntas. Cuando le toca su turno ya sabe cómo se hace, y casi siempre te cuenta lo que a él le importó, que casi nunca es lo que tú le ibas a preguntar.

  • Contarle tu propio miedo. Yo también voy a extrañarte muchísimo, no sé cómo voy a estar sin ti. Es verdad y es tierno, y también le entrega un problema que él no puede resolver.

  • Negociar en la puerta. Las condiciones se hablan la noche anterior, en la mesa, con calma. En la puerta ya no se negocia.

Tu parte

Hay una ansiedad en este regreso que no es de tu hijo. Es tuya, y tiene todo el derecho de estar ahí.

Por cierto, casi nunca se ve como ansiedad. Se ve como prisa. Como querer dejar todo listo desde el jueves. Como revisar la lista de útiles por tercera vez el mismo día.

Te la cuento porque es la única parte de todo esto que sí depende de ti, y porque es más fácil de mover de lo que parece.

Nadie llega en paz a la puerta del colegio, y tampoco hace falta. Son cuatro cosas concretas, y ninguna es difícil.

  1. Tu sueño también cuenta. Llevas dos semanas ajustando el de ellos. Ajusta el tuyo igual, y con la misma seriedad. La paciencia de las siete de la mañana no se decide a las siete de la mañana: se decide la noche anterior.

  2. Nombra qué es lo que de verdad te preocupa. Muchas veces no es el primer día. Es que se acabó el tiempo con ellos. Es que vuelve el ritmo que ya sabes que te agota. Es que creció otra vez y no te dio tiempo de verlo. No son la misma cosa y no se calman con lo mismo, así que vale la pena saber cuál estás sintiendo.

  3. Deja resuelta la mañana la noche anterior. El uniforme afuera, la mochila en la puerta, el desayuno decidido, dejar claro quién lo recoge. Buena parte de lo que sientes como ansiedad es en realidad logística sin resolver haciendo ruido a las nueve y media de la noche.

  4. Ten un plan para después de dejarlo. Aunque sea algo chiquito: un café antes de llegar a la casa, una vuelta, hablarle a alguien. Algo que no sea entrar y ponerte de inmediato con los pendientes. Los primeros días la casa en silencio se siente rara, aunque lleves todo el verano esperando ese silencio.

Mamá sola en el coche después de dejar a su hija, con las manos en el volante y los ojos cerrados, respirando un momento

Y si aun así llegas acelerada a la banqueta, ahí sí: haz tres respiraciones largas, soltando el aire más despacio de lo que lo tomas. Incluso lo puedes hacer con él o ella. Es la misma pausa de siempre, aplicada a la puerta del colegio: el botón de la pausa.

Y date a ti el mismo permiso que le estás dando a él. Los primeros días también son de adaptación para ti, y también tienes derecho a que se te note.

Y lo otro que casi nadie nombra: el regreso trae una lista completa que solo existe en tu cabeza. Papeles, cuotas, uniformes, horarios, quién recoge, qué día toca qué. Nadie más la ve y por eso nadie más la carga. Agota más que las mañanas, aunque no se vea por ningún lado, y le dediqué un artículo entero: la carga mental del regreso a clases.

Cuándo deja de ser adaptación

Casi todo lo que vas a ver estas primeras semanas es normal y se pasa solo.

Está bien que llore los primeros días. Está bien que despierte de mal humor, que llegue agotado, que la primera semana sea un desastre emocional en las tardes. El cuerpo se está reacomodando y eso cansa.

Pero hay señales que piden algo más que paciencia. Si a las dos o tres semanas la angustia sigue igual o va creciendo. Si hay pesadillas constantes. Si se niega rotundamente a entrar, no un día difícil, sino todos. Si aparecen síntomas físicos diarios. Si dejó de hacer cosas que antes hacía sin problema.

Ahí ya no es adaptación, y vale la pena buscar acompañamiento. Cuesta mucho menos ahora que más adelante.

Hay un caso que conviene mirar aparte: cuando ya le platicaste todo con detalle, ya sabe quién lo recoge y cómo va a ser su día, y aun así sigue con mucho miedo. Lo que no cede con información es porque no era falta de información. El bullying es una de las cosas que pueden estar debajo, y merece otra conversación.

Y entonces

El primer día va a llegar y probablemente no va a salir perfecto.

Alguien va a llorar. Quizá él, quizá tú en el coche cuando ya nadie te ve. Se va a olvidar algo, van a llegar tarde a algo, y la tarde va a ser más pesada de lo que esperabas.

Nada de eso significa que lo hiciste mal.

Lo que sí depende de ti es lo de antes: que su cuerpo llegue descansado, que sepa qué va a pasar, que el verano haya quedado cerrado, y que en la puerta se encuentre con una mamá que puede sostener el momento.

Eso no se compra en la papelería, y es lo único que de verdad importa.

Preguntas frecuentes

¿Con cuánta anticipación hay que empezar a preparar el regreso a clases?

Entre diez y quince días antes, y empezando por el cuerpo. El sueño no se corrige en una noche: se adelanta la hora de dormir y de despertar de diez a quince minutos por día hasta llegar al horario escolar. Si además ajustas primero las comidas y las actividades del día, la noche se acomoda casi sola.

¿Es normal que mi hijo diga que le duele la panza justo ahora?

Sí, y muy seguido no es un pretexto. La ansiedad anticipatoria se siente en el cuerpo antes de tener palabras: dolor de panza, dolor de cabeza, ganas de ir al baño, dificultad para dormir. Tómalo en serio como señal aunque no lo tomes como razón para no ir. Lo que necesita no es que le creas la enfermedad, es que le creas el miedo.

¿Qué hago si llora en la puerta del colegio?

Despedida corta, cálida y segura. Alargar la despedida no lo calma, le confirma que hay algo de qué preocuparse. Acuerden antes un gesto que sea de ustedes dos (un beso en la mano, un choque de palmas, una frase) y sostén ese gesto sin extenderlo. Dile con claridad quién lo recoge y a qué hora, y vete.

¿Cuánto dura la adaptación normal?

Los primeros días, a veces la primera semana o dos. El cansancio, la irritabilidad y el mal humor al despertar son esperables mientras el cuerpo se reacomoda. Si a las dos o tres semanas la angustia sigue igual o va en aumento, con pesadillas constantes, negativa rotunda a entrar o síntomas físicos diarios, ya conviene buscar acompañamiento profesional.

¿Y si la que está ansiosa soy yo?

Es más común de lo que se dice, y también hay que atenderlo. Tus hijos leen tu cuerpo antes que tus palabras: el tono, la prisa, las manos. No necesitas fingir tranquilidad, necesitas tener algo de tranquilidad de verdad, aunque sea la que alcances a juntar en los tres minutos antes de bajarte del coche.

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